Marcelo Fabián Monges / Escritor y Periodista.

En el año 2009, después del Golpe de Estado en Honduras, presenté un Proyecto d Convención Contra los Golpes de Estado, algo que aún no existe como tal en el orden jurídico internacional, pero que han apoyado juristas como Carlos Slepoy, quien ha trabajado con el Juez Baltasar Garzón, y que ha sido uno de los principales promotores en España de la investigación de los crímenes del franquismo. 
En este link se puede ver una nota, publicada en el diario Página 12, firmada por el mismo Carlos Slepoy en donde apoya abiertamente mi propuesta contra los Golpes de Estado. Entre muchas otras personalidades. 

Ahora bien, estoy en contra de los Golpes de Estado, y por lo tanto, a favor de defender la democracia de cualquier forma, pero no estoy en contra de derrocar un gobierno que ha roto el orden constitucional, como lo hizo Evo Morales, a través del fraude electoral. 

La defensa del gobierno de López Obrador a ultranza de Evo Morales plantea una hipocresía difícil de asimilar, puesto que en México, Morena, el partido en el gobierno, ha plasmado en el Código Penal al fraude electoral como un delito grave y sin embargo, si son sus amigos, en este caso Evo Morales el que comete el fraude, merece el tratamiento de un héroe. 

Desde la razón, desde la coherencia, desde la sanidad psíquica, esta doble moral, esta hipocresía de una izquierda autoritaria, y cuando digo autoritaria estoy diciendo antidemocrática, no se puede aceptar. 
Un Golpe de Estado se produce cuando un grupo insurreccional derroca a un gobierno elegido constitucionalmente. Pero no se puede considerar Golpe de Estado al derrocamiento de un gobierno ilegal, que está fuera de la Ley, y que se ha hecho del poder mediante actos ilegales, como un fraude, lo cual rompe indiscutiblemente el orden constitucional, visto desde el punto de vista del derecho. Y este, y no ningún otro, es el caso de Evo Morales y de Bolivia. 

Pero hoy podemos ver cómo un coro enorme de la izquierda autoritaria, y cuando digo autoritaria estoy diciendo que no tiene vocación democrática, tratando de imponer una corriente de opinión que se olvide del fraude de Evo Morales, pero que le reconozca su derecho a permanecer en el poder de cualquier forma. Nada, absolutamente nada, podría mostrar el carácter autoritario y no democrático de esa supuesta izquierda. Esa izquierda, populista, demagógica, que ha creado sucesivas élites en los países donde gobierna en América Latina, ha dejado claro su enorme incapacidad para respetar los periodos presidenciales y sus respectivos mandatos, buscando cualquier ardid legal para perpetuarse en el poder, como es el caso de Nicaragua, Cuba, Venezuela, y de Bolivia. Esa izquierda hoy está representada en México por el presidente López Obrador. 

Es muy mal signo ver defender de forma tajante al gobierno de López Obrador a alguien como Evo Morales que se acaba de robar una elección. Es clara muestra de que López Obrador comulga en todo, con quien se está solidarizando, con alguien que si no fuera porque le salió mal la jugada, se quedaría en el poder todo el tiempo que estuviera vivo. 

López Obrador tiene que conjurar a toda costa lo que le sucedió en Bolivia a Evo Morales, porque es un muy mal ejemplo para sus propias ambiciones de perpetuarse en el poder. Nadie bien informado en México es ajeno a conocer que la principal preocupación de López Obrador no es la economía, ni la terrible crisis de derechos humanos, ni la inseguridad, que provoca en México un promedio cercano a cien asesinatos por día, sino la construcción de un enorme aparato clientelar, de compra de votos, justamente para quedarse en el poder “hasta que la gente lo decida”, según sus propias palabras.

López Obrador tiene que conjurar de cualquier forma, lo que sucedió con Evo Morales por diversas razones. Las principales son que en primer lugar, esto puede echar por la borda todas sus consultas simuladas, la manipulación y el sometimiento que quiere hacer del INE, y por lo tanto, si todo eso no funciona, podría en un futuro correr la misma suerte. 
Por otro lado, López Obrador tiene que adjurar lo que sucedió con Evo Morales porque su derrocamiento es un golpe en la línea de flotación del proyecto continental bolivariano, con el cual el populismo de esa vertiente proyecta instalarse en todo el continente. 

Para López Obrador conjurar el derrocamiento de Evo Morales es también conjurar sus propias sombras. Si respeta la Ley, la Constitución y su periodo de gobierno, no tendría por qué pasarle lo mismo. Pero el miedo que le provoca lo que le sucedió a Evo Morales por un lado se puede ver al disponer de todas las fuerzas de su gobierno para conjurar la forma en que su amigo ha sido depuesto, inclusive tratando de instalar una corriente de opinión a toda costa que presente a Evo Morales como una víctima de un Golpe de Estado. Esas operaciones políticas del gobierno llevan ya varios hashtags en redes sociales tratando de defender a Evo. Aún así, el repudio en redes ha sido abrumadoramente mayoritario en contra de Evo Morales y las posibilidades de que se exilie en México.

Las felicitaciones de López Obrador a Evo Morales emitidas este domingo 10 de noviembre a través de un video que subió a su cuenta de twitter, por haber convocado a una nueva elección, solo lo hicieron hacer el ridículo. La situación no estaba resuelta. Cualquiera con dos gramos de prudencia, como mandatario, como Jefe de Estado, hubiera esperado a ver qué sucedía, a ver cómo se resolvía la situación. Pero López Obrador no, creyó, como en la mayoría de los casos, que el peso de su palabra inclinaría la balanza a favor de su amigo, y no, los bolivianos saben muy bien lo que están viviendo, y no se los va a ir a contar López Obrador. 

Antes había felicitado a Evo Morales por ganar la elección, lo que hicieron solo Maduro y Alberto Fernández, todos harina del mismo costal, en su afán por legitimar el fraude de Evo Molares que le permitiría eternizarse en el poder. 

En ese sentido, el grupo de presidentes que adhiere a la “revolución bolivariana” se mueve por conveniencias, sin ningún reparo ni por la legalidad, ni por el derecho internacional (que usan a su conveniencia como quieren), ni por el sentido de decencia ni de coherencia. 

Evo perdió legitimidad y quedó fuera de la Ley al robarse la elección. Dos aspectos fundamentales para poder ostentar el poder o permanecer en él: legalidad y legitimidad. 

En esto no parece reparar López Obrador, quien es alguien que siente y piensa que con la chapa de presidente puede hacer lo que quiera, lo demás ahí se va viendo cómo se acomoda, la aprobación del Congreso a sus designios de si puede, también de la Suprema Corte. Lo que pretende hacer con los organismos autónomos ya quedó demostrado, con la elección fraudulenta en el Senado y con la imposición de un Ombudsman que le sea incondicional, y ahora, con la movida para que la Cámara de Diputados apruebe una modificación a la Constitución para quitar al Presidente del INE y poner uno afín a su gobierno. Lo que le sucedió a Evo Morales va en contra de un presidente que se propone manipular todas las instituciones y todos los andamiajes del poder para quedarse todo el tiempo que quiera en el puesto y hacer todo lo que le dé la gana. De ahí la vehemencia con la que el gobierno de López Obrador quiere hacer de

Evo Morales un héroe y una víctima a la vez

En la política internacional de López Obrador podemos ver que cuando le conviene, esgrime la Doctrina Estrada, y el principio de no intervención, como cuando no quiere de ninguna manera condenar los crímenes de Maduro, pero cuando se trata de defender a sus amigos, la no intervención queda guardada, y lo hace aún y cuando éste sea un vulgar delincuente lectoral. 
México le dio Asilo a Evo Morales, algo contrario a la tradición histórica mexicana, cuya política internacional se ha caracterizado por la solidaridad con las víctimas de las dictaduras, no con los dictadores. 

Lo que podemos esperar, en este escenario, es ver a Evo Morales en Palacio Nacional junto a López Obrador quien lo presentará como una víctima de la derecha y del imperialismo, y como un héroe latinoamericano. Es decir, una escena patética. Cuando en realidad, la verdadera víctima es el pueblo de Bolivia al que Evo le hizo fraude y le robó la elección, no el ladrón que se robó la voluntad popular. Podremos ver cómo Morena lo llevará al Senado y Yeidckol Polevnsky lo acompañará de gira como hizo con Zelaya, el presidente de Honduras depuesto en 2009, tratándolo como a un nuevo prócer. 

En este contexto, hay tres tipos de comunicadores y políticos que a tambor batiente hablan de Golpe de Estado en Bolivia. Los que reciben dinero del gobierno de López Obrador y han salido a ayudar en el control de daños. Por otro lado, están los políticos que adhieren al régimen y son sus beneficiarios. Pero también hay otro grupo de políticos y comunicadores, que apegados a la corrección política, no pueden tener una opinión valiente y decir en un sentido práctico, a Evo Morales había que destituirlo. No podía llamar a otra elección él mismo. Evo Morales solo era garantía de más fraude y más trampas. Y por falta de valor, asumen la comodidad de la corrección política y salen a condenar el derrocamiento de Evo Morales. Entre estos últimos, encontramos algunos que, investidos de moralismo, dicen “no”, las fuerzas armadas no podían intervenir. Está mal que las fuerzas armadas le hayan dicho a Evo Morales que renuncie. Pero no se dan cuenta que en las situaciones límite no hay espacio ni tiempo para las medias tintas. El ejército en Bolivia tenía solo dos opciones, o cumplía las órdenes de Evo Morales y reprimía a su pueblo que llevaba un mes de lucha en la calle o se revelaba. Se reveló. Hizo lo correcto. Entre un presidente usurpador, que se salta la Constitución y se roba una elección para perpetuarse en el poder, ese ejército decidió estar del lado de su pueblo y contribuir a deponer al dictador. Sirva de ejemplo, bien claro, lo que sucedió en Bolivia con el derrocamiento de Evo Morales. 

Cuando el gobierno de López Obrador dice que la OEA no habló nunca sobre el tema, miente, otra vez miente, la OEA señaló claramente las irregularidades en las elecciones. 

Importante: Este contenido es responsabilidad de quien lo escribe, no refleja la línea editorial del Diario de México

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Marcelo Fabián Monges

Escritor argentino, nació en la ciudad de Córdoba, 1964. Naturalizado mexicano. Ha colaborado en el Diario Página 12 de Buenos Aires. En México en la revista Mira (de Miguel Ángel Granados Chapa), en los periódicos La Jornada, Reforma y El Universal. Es autor del Proyecto de Convención contra los Golpes de Estado (2009). Es presidente de la Fundación Conciencia y Dignidad. Es autor de los libros: “A los 500 años de la ocupación de América” (1992), prologado por el Premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel. “Chiapas cuando la dignidad se levanta y camina” (1995), con prólogo de Osvaldo Bayer (autor de la Patagonia Rebelde). “Un llamado a la humanidad contra el exterminio de la especie” (2002), con reseña de Carlos Monsiváis, libro que comprende un compendio de propuestas en contra del neoliberalismo, el armamentismo y la guerra. “Lucila entre el mar y el fuego”. Novela. (2007) “Cuando Hablo con Vos”. Novela. (2011) “Divina Mar”. Novela. (2012) Trump La Resistencia. Ensayo (2017)

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